El espejo Mágico.

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Había pasado mucho tiempo desde que volví a caer, la oscuridad se apoderó de mí, miles de pensamientos negativos revoloteaban por mí cabeza y solo me sentía roto por dentro. Mis insistentes ganas de llorar me tomaban por sorpresa todos los días y a cada rato, es ahí cuando gritaba la infelicidad que sentía, cada vez este grito se hacía más y más fuerte y nunca había encontrado la manera de callarla.

Mis fuerzas, la valentía que alguna vez me caracterizaba, la sonrisa que se me dibujaba en la cara cada mañana al despertar, mis ganas de vivir y de luchar por lo que quería se tomaron unas interminables vacaciones, todo lo antes mencionado tomó una gran maleta, metieron sus cosas y se fueron a vivir a otro lugar muy lejos de mí. Esto ocurrió desde que pisé los 20 años y mi vida empezó a hundirse en un espiral de desilusión, vacíos, y vicios que no me llevaban a nada bueno, pero dentro de mí siempre supe que había algo bueno, esas ganas de querer cambiar nunca se me fueron.

Un hecho particular me ocurrió en esa mañana del 20 de abril, me desperté como todos los días, me levanté de la cama y fui a cepillarme los dientes. Para llegar al baño tengo que pasar frente a un espejo, al pasar rápidamente por este escuché un grito muy fuerte. Todo esto me asustó un poco, me sentí algo raro, di unos pasos hacia atrás y me vi al espejo. Este me mostraba una cara muy desmejorada, un cuerpo ya adentrado en los años y de repente la persona que se reflejaba ahí dentro me habló. Sí, no estoy loco, emitió un sonido. Primero creí que lo que me estaba ocurriendo era parte de las alucinaciones de la mezcla de drogas y alcohol que había consumido la noche anterior, pero luego recordé que solo había bebido una sola copa y entendí que era real lo que estaba oyendo.

Era completamente inentendible lo que este me decía, empecé a ponerle atención a todas las palabras que podía escuchar y no podía entender. Acerqué mi mano al cristal, y la retiré lo más rápido que pude, sentí una absorción extraña. Me asusté y salí corriendo. Me cepillé rápidamente y salí a caminar un rato.

Caminaba por una acera y no pare de pensar en todo lo que había ocurrido esa mañana, cada vez que me imaginaba la situación, el miedo me tocaba una vez más la puerta, me senté en un banco a llorar porque recordé esa última vez que me miré al espejo. Un hombre deteriorado por todas las drogas, el alcohol, y una vida llena de excesos que me llevaron a ser lo que ahora soy, una persona solitaria rodeada de gente con intereses “similares” a mí. Pero aún así me sentía la persona más sola del mundo junto a millones de personas que seguían en el mismo espiral de miseria y decadencia que yo.

Al día siguiente, desperté con ganas de pasar por el espejo que estaba antes de llegar al baño para ver que sucedía, salí de la cama, puse los pies en el suelo y la incertidumbre se acrecentaba a medida que iba recorriendo el corto espacio que había entre el cuarto y el baño. Acercándome, venían millones de preguntas a mi cabeza, ¿Qué pasará? ¿Oiré el mismo grito de ayer? ¿Quién me hablaba? Me paré en frente del espejo, y escuché el mismo grito de la mañana anterior, estiré mi brazo izquierdo hasta tocar el cristal del espejo, sintiendo todo el miedo recorriendo mi cuerpo. Minutos después se apagaron las luces, todo quedó completamente oscuro y empezaron a pasarme una ráfaga de imágenes donde me veía yo consumiendo todas las drogas que me habían llevado hasta donde estoy hoy. Seguidamente caí en el suelo, me pare rápidamente y seguí caminando por el pasillo hasta que apareció una imagen de mi mismo invitándome a que abriese una puerta que estaba cerrada.

Al abrirla, me encontré con una escena muy desalentadora, la representación de mi mismo me comentó: “Esa fue la última vez que tomaste hasta quedar inconsciente, ¿Eso es lo que quieres de ti?” luego, nos movimos hacia otra puerta y se abrió de la nada mostrándome otra de las imágenes donde me veía en una cama tanto con mujeres como con hombres. Ahí desde mis espaldas escuché la voz de mi mismo diciéndome “Esta fue una ocasión que terminaste drogado y bebido dentro de una orgía con más de 20 personas con tus mismas fachas ¿Esto es lo que realmente te gusta? Cerró la puerta y continuamos el camino, giramos el pestillo de otra puerta y nos encontramos con una situación muy denigrante en mí vida, cuando robé a un niño su dinero para comprar una carterita de licor y una bolsa de anfetaminas para seguir hundiéndome en la nada y ocultar la vergüenza que me generó el haberle robado a ese pobre niño que ni sé del esfuerzo que sus padres hicieron para poder obtenerlo. Mi pepe grillo, así decidí llamarlo me dijo “¿Eso es lo que realmente quieres ser?” haciéndome sentir aún más mal de lo que me sentía. Al salir del cuarto y seguir caminando me encontré con la que era una puerta de salida, al abrirla no fue la calle lo que me encontré, cuando entré vi la peor escena que he podido presenciar en mí vida, el día que me acosté con una señora mayor por unos céntimos para poder adquirir lo que me llevaba a la gloria durante horas, pero al pasar su efecto llegaba a mí la sensación de vacío que me había acompañado por muchísimo tiempo, una vez más la voz de mi representación me habló, pero con mucho más enfado y me preguntó ¿Por esto es lo que realmente luchas? Al salir de ese sitio me encontraba devastado, con una ansiedad que pisaba mis límites dejándome con las ganas de beber y de drogarme para olvidar todo lo visto, pero caí al piso y junto a mí las lágrimas que había guardado durante todo este tiempo. Justamente sentí que alguien me agarró del mentón, cuando levanté la cara vi que era yo de niño.

¿Este era en realidad mi niño interno invitándome a jugar? ¿Qué hacía aquí? ¿En qué momento quedó atrapado en este pasadizo de tiempo? Hizo que me levantara y me tomó de la mano invitándome a otro cuarto, abrimos la puerta y aparecimos en un parque donde los columpios se movían poco a poco, al voltear me encontré con ese niño de mirada perdida que un día fui, riendo y disfrutando de un bonito día soleado. Ahí empecé a buscar dentro de mí, ¿desde hace cuanto no disfruto un día lleno de sol y sonrisas? ¿Desde hace cuanto no me tomaba un tiempo para meditar todo lo que había hecho? Esas eran las interrogantes que me abrumaban en ese momento.

Solté la mano de mi pequeño amigo, y le di un fuerte abrazo al niño de la mirada perdida dejándole en claro que todo iba a estar bien, me sonrió y estiró sus cortos brazos bordeando mi torso como queriendo decir que jamás lo volviese a dejar solo dentro de ese mundo. Así sellamos esa gran promesa que nos hicimos mutuamente de nunca abandonarnos el uno al otro. En solo instantes, mi pequeño amigo me volvió a agarrar la mano, y me adentró en el parque para que viera a mi familia teniendo un día de picnic compartiendo comida, abrazos y un poco de nuestras historias del día a día. La última vez que vi a mi familia fue hace 2 años, salí huyendo de mi casa luego de que mis papas se dieran cuenta que consumía cualquier tipo de estupefacientes para ahuyentar los demonios que se vinieron a vivir en mí luego de que los espantara del armario. No quería reglas, no quería responsabilidades, no quería rendirle cuentas a nadie, me sentía el rey del mundo, cuando en verdad solo era un pobre diablo al que se le había detenido la vida porque dejó que esta pasara por él y no él pasara por ella.

Luego de haber caminado todo esto alcé mi brazo y vi mi reloj, era muy tarde. Se me acercó un hombre vestido de negro y me dijo que solo podía salir del espejo si buscaba resolver el acertijo que me iba a entregar. Sacó de su maletín una caja negra y me la entregó. Al abrirla me conseguí con un pequeño espejo redondo. A su lado había una nota que rezaba “La soledad comienza cuando dejas de vivir contigo mismo” Alcé el espejo y vi como fueron desapareciendo los cuartos donde se encontraban las malas experiencias. Salí corriendo a abrazar a ese pequeño niño de mirada perdida, le grité que lo amaba y me acerqué a mí familia para gritarle lo mismo, los abracé, las lagrimas brotaron y se me volvió a aparecer el hombre vestido de negro, esta vez salía de una puerta a la cual me invitó a pasar. Al pasar, di algunos pasos, se apagaron las luces por un momento y luego sentí un escalofrío que iba ocupando cada milímetro de mi ser y aparecí en frente del espejo que estaba cerca del baño.

Llegué a mí cama, busqué una sabana y me acosté a dormir. A la mañana siguiente me encontré en el mismo camino, con el mismo espejo, y con el mismo grito. Esta vez si podía oír bien lo que decían, era algo como: “Si tú no puedes vivir contigo. ¿Quién lo hará?” pero con tanta distorsión que había en mi cabeza, nunca iba a entenderlo bien.

 

Otro shot para olvidar.

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Mis días siempre han sido un infierno que no tiene reparo, aunque busco la manera más elocuente para salir de este, termino sucumbiendo ante la llamada de aquel espiral lleno de decepción, tristeza, soledad y oscuridad en el que se ha convertido mi vida desde que tenía 15 años.

Desde que me despierto por las mañanas, los pensamientos que cobijan mi mente, son aquellos que me trasladan a épocas lejanas en donde las desdichas en las que vivía se apoderaban de mí. Violaciones, maltratos, insultos y golpes proporcionados por mi propia familia. Lo sé, mi vida no ha sido fácil. Me levanto para desayunar un tazón de cereal, y mis lágrimas recorren mis mejillas al pensar que mucha gente no lo puede hacer. A veces siento dentro de mi ese vacío de no poder hacerles llegar algo, pero se me pasa al ver los restos de mi sobrevivencia en un cuarto 2×2, que cuenta tan solo con una nevera con muchas jarras de agua, un cartón de leche, una vieja cama con olor a moho y un closet en donde guardo los pocos enseres que poseo.

Lo único que me motiva a seguir viviendo es que llegue la noche, pero antes voy 8 horas al trabajo a encontrarme con jefes mal encarados, compañeros que van siempre en la búsqueda de saciar su cuota de morbosidad hurgándoles la vida a los demás, alimañas de la administración pública que su única aspiración en la vida, es que su jefe tenga los testículos por debajo de los tobillos para no ser los próximos en la lista de despidos cuando hagan un nuevo recorte de personal en la entidad. Luego de entrar a trabajar en esta pocilga, me doy cuenta que mi destino se montó en el tren que va directamente hacia la mediocridad, y por más que trate de cambiarme, este corre tan rápido para que no me baje.

Durante las horas que paso en mi trabajo, la ansiedad de no saber que voy a hacer en la noche me consume. Llegan las 3 de la tarde, y mi teléfono empieza a sonar sin parar, invitaciones vienen y van a clubes nocturnos, a casas de amigos, a fiestas hasta el amanecer e inclusive a un viaje ida y vuelta a la playa. Tomar la difícil decisión de donde ir, me toma mucho más de 45 minutos, nunca me ha tomado menos. Llego a la casa, tomo una ducha rápida y cubro mi cuerpo con un vestido de satín color negro, que posee un escote en v, y muestra mucho más de lo que debería. Me maquillo sencillamente, me coloco mis pestañas postizas, mis extensiones y unos tacones negros de más o menos 20cm de altura.

Caía un poco más la noche, y llegaba directamente junto a mi grupo de “amigos” al área lounge de la discoteca de moda. Ya los dueños de dicho local nos conocían y recibían con el servicio que pedíamos cada vez que pisábamos sus instalaciones. El primer trago siempre me servía para entrar en ambiente. Me sentía desinhibida y mucho más sexy a las miradas de los hombres.

Cada vez que me servía otro, sentía como mi pasado se iba borrando conjuntamente con mi vista. Cada bebida que me tomaba, era como si tuviese dentro de ella el poder de ir secando todas las desdichas que habían ocurrido en mi vida. Pasada la media noche, llegó la ronda del tequila, esta hacía que cada mililitro de alcohol que entraba en mis venas, fuese arrancando de mi piel todos los besos y las caricias dadas por aquellas personas que me sostuvieron entre sus brazos de manera forzosa sin consentimiento alguno.

Minutos después llegó el momento del Martini, con cada trago de este, sentía como los recuerdos de aquellos insultos propiciados por quienes “me querían” se iban desapareciendo e iban apareciendo en sus bocas halagos a mí persona. Microsegundos más tarde llegaron los tragos dulces, esos que sin importar su buen sabor, no dejan de ser el líquido mágico que se expande por mi sistema venoso, cerrando cada herida hecha por las golpizas patrocinadas por los que alguna vez dijeron que me querían.

En definitiva, el efecto que producía en mí el alcohol, era el mismo efecto que produce la apertura de una jaula a un pájaro. Una sensación de haberme quitado de encima todo lo que me oprimía, haciendo que me desensimismara de las 4 paredes de mi ser. Sintiendo así la libertad que nunca había tenido porque jamás en mi existió la posibilidad de buscar las herramientas necesarias para destruir los barrotes que formaban aquel enrejado de metal que no me dejaba volar al futuro que merecía. Pero como todo lo bueno tiene su fin, esta sensación se esfumaba cada vez que la aguja del reloj caminaba de las 5:59 a las 6:00 am.

El sol salía, y la rutina junto al espiral de decepción, tristeza, soledad y oscuridad llegaba una vez más a mi vida, arropando cada hora, cada minuto, y cada segundo que comprendía mi día hasta que llegara la hora deseada.