Date un tiempo para respirar.

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Desde muy pequeño siempre cuando me caía, me cortaba o me daba un golpe, me sorprendía como con el tiempo iba regenerándose cada célula del moretón, de la caída o de la cortada, hasta que esa superficie afectada llegaba a su estado natural.

Cuando crecí me pasó lo mismo el día que comprendí que las heridas del alma también sanaban cada capa afectada hasta llegar a su estado principal. Siempre que nos vemos envueltos en una situación negativa que nos agota tanto física como mentalmente, debemos darnos un tiempo para recuperarnos, respirar hondo y curar todo lo malo que estas nos ocasionan.

De no ser así, viviríamos en un círculo vicioso en el que estaríamos hurgando insistentemente una zanja que no ha sanado, y por lo tanto anduviésemos malheridos transitando el camino de la vida.

Por eso mismo, si te encuentras saliendo de una mala situación, busca la manera de tomarte un tiempo prudente para quitarte la tierra que estos malos ratos te generan, y así volver al ring de boxeo llamado vida.

Aprendamos a atarnos la lengua.

lengua atada

He conocido personas que van por la vida como la antítesis del que habla lo preciso, comentando absolutamente todo lo que le ocurre a los demás, sin importar que tan interesante sea el mensaje para el receptor.

Para que se hagan una idea del tipo de conversación que suelen tener estos seres, les dejaré un extracto de la que tuve con alguien hace unos días atrás en un reconocido local maracayero. (Debo confesar que a medida que iba avanzando, mis ganas de irme fueron creciendo).

  • Ella: Sabes, a aquel hombre que conocimos en la fiesta la otra vez que estuvimos juntos, lo dejó la mujer, se operó y esta lo mandó pal coño.
  • Yo: ah, sí. Qué triste.
  • Ella: Y aquella amiga mía, la fea, la que nunca en su vida ha olido machete. Se puso las lolas y se está chuleando a un tipo millonario.
  • Yo: (No sabía qué cara poner para decirle que no me importaba)
  • Ella: Y mi vecino el que vive en el 2do B es ambidiestro, aunque él cree que nosotros no sabemos, para nadie es un secreto que le encanta morder la almohada y que le soben la nuca.
  • Yo: Me levanté de la silla, y le dije que ya venía. (Por supuesto, nunca volví)

 Ahí es donde yo me detengo y me hago la siguiente pregunta: ¿A mí que me importa la información que acabo de recibir? E inmediatamente saco una conclusión de quien tengo en frente.

En mi opinión, este tipo de personas son aquellas que no trabajan, que no estudian y no generan esa productividad que les permite hablar de lo bien que se sienten con lo que están logrando y con las metas que se tienen planteadas. A ellos les puede ir bien en el amor, en los negocios, en las relaciones sociales, pero es un bienestar inestable. Ya que aún estando acompañados, siempre estarán solos. Es que ¿Quién quiere estar con una persona que no sepa guardar un secreto? ¿Cómo sabes que puedes confiar en esa persona? ¿Cómo no ocultarle algo a esa persona si sabes que hay posibilidades de que lo cuente? Por eso mismo, debemos tener responsabilidad de lo que sale de nuestra boca, para no meternos, ni meter en ningún problema a otros, y así convertirnos en personas confiables ante los demás. Si de verdad queremos hablar de algo, hablemos de nosotros en su justa medida, no de cómo le va a nuestro vecino, amiga/o, pareja o arrejunte.

 Yo no soy quién para decirte que hacer, pero como filosofía de vida, siempre me ha parecido bien tener la lengua atada y dejarle esos otros temas a todas aquellas personas que no saben contener las ganas de hablar en exceso.

A modo de desahogo: ¿Dónde se fueron mis ganas de escribir?

Sé que esto se lee terrible de alguien que estudia Comunicación Social y tiene que estar constantemente escribiendo y persiguiendo ese estilo que lo definirá por el resto de su vida. Pero hay momentos en el que las ganas de escribir se desaparecen, como hay días también en donde a los creativos se les disipa la creatividad. Hoy es un día de esos. Aún no sé donde se fueron esas ganas de escribir, a lo mejor están en el fondo del mar o quizás se quedaron solo para plasmar mis sentimientos más profundos en el blog de notas de mí Smartphone. Si ven esas ganas por ahí, díganle que las ando buscando desde hace semanas.

Mi primer encuentro con la homofobia.

Nunca había asistido a un evento de índole gay, quizás porque estoy empezando a soltarme en este nuevo mundo, o simplemente mis prejuicios y el miedo no me dejaban acercarme a todos aquellos que me invitaban. 

Pero como siempre hay una primera vez, estábamos un grupo de personas reunidos en la esquina de la universidad, y salio el tema de la marcha del orgullo gay, que se llevaría a cabo en Madrid ese fin de semana. Entre todos los tópicos que se estaban tocando, comentaron la idea de ir. Primero me negué, pero luego de algunos segundos, revise mi agenda mentalmente, dejandome seducir por ese espacio libre que tenía para ese sábado siguiente 5 de julio. Sin siquiera revisar la agenda en físico, le dije a mi colega Pablo que aceptaba ir. 

La mañana de ese día, estaba terminando de pasar unos apuntes a mi diario personal universitario. Planes de estudios, clases que había perdido, y todas esas cosas que le dan a la vida universitaria, un toque algo tedioso. A eso de las 15hrs, me llama mi colega Pablo para confirmar la hora de llegada al punto de partida de dicha conglomeración. 

Me vestí con una chaqueta muy colorida, un blue jean, y unas botas con una hebilla dorada que cubría toda la parte central de las mismas. Al llegar al punto de encuentro con mis colegas, recordé al personaje de Mauri encarnado por el actor Luis Merlo diciéndole a Fernando en una de las escenas de la serie Aquí no hay quien viva, que a estas manifestaciones se acercaban familias enteras. 

Pude observar durante el recorrido personas llenas de felicidad expresando su orgullo por ser homosexuales, vi muchas carrozas adornadas con flores y cintas. Tíos que solo vestían su orgullo, mientras otros vestían suspensorios para mostrar lo orgulloso que estaban de sus esbeltos cuerpos. 

Hubo un momento en la manifestación, donde todos nos dispersamos de tanta gente que habia asistido. Unos terminaron en una avenida, y otros terminaron en otra. Yo me perdí de la ruta y me aleje de toda la multitud. Llame a los colegas, y estos no me atendían el móvil. 

Ya el sol había caído, y por ser la primera vez que estaba en ese tipo de eventos, no sabía cuales eran las calles que conducían al punto de llegada. Me senté en una banca a tratar de comunicarme con mis otros amigos, y recordé que unos días atrás había leído en un diario de circulación nacional, la existencia de ciertos grupos nazis amenazando con ir ese dia a matar homosexuales. 

Sin duda alguna, el temor me paralizo por un momento, pero  tenia que seguir buscando obtener comunicación con Pablo. Encontré el modo de pararme de la banca, y al subir la mirada vi que venia un grupo de personas enardecidas gritando “Fuera maricones” el odio que se veía en sus ojos, era el mismo que se aprecia cuando algún niño víctima de bullying es dejado en la puerta de cualquier instituto. 

Todos vestían pantalones de cuero, con chaquetas de este mismo material, unos tenían en sus manos armas de fuego, otros cargaban cadenas y otras personas venian con antorchas. Mis pies se encontraban sembrados al pavimento, a solo 20 metros de mi estaba la muerte. Todo empezó a caminarme en cámara lenta, el miedo recorría cada parte de mi cuerpo, sentí una presión que me subía hasta el pecho agitando mi corazón, helandome el torso y dejandome sin aliento.

En cuestión de microsegundos escuché como se acercaba un coche con las mismas características que el de otro de mis amigos llamado Ivan. Giré la cabeza hacia la calle que atravesaba la avenida, y vi que se acercaban cada vez más los faros del carro. Pablo abrió la puerta, entre los 3 que iban dentro, me despegaron del suelo cargandome hasta el interior del auto. A toda marcha huimos de ese sitio. Sintiendo el alivio mas grande de mi vida, rompí a llorar, mientras ellos me comentaban que gracias al gps de mi celular pudieron ubicarme. Si no hubiese sido por eso, no podría estar contando esta historia. 

Poema: Caminé hacia las sombras.

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Cada paso que doy

Va enmarcando mi camino

Ya no sé ni quien soy

Ni tampoco tengo un destino

Nunca caminé en la luz

Siempre Caminé en excremento

Iba cargando una cruz

Hecha de piedra y de cemento

Caminé hacia las sombras

A un lugar donde no había ido

Busqué entre mis ataduras

Eso que tanto había aborrecido

Caminé hacia la sombra

A ese trecho perdido

Donde ninguna luz artificial o natural alumbra

Justo en la raíz de mi quejido

Y ahí empezó a fluir todo

Se empezaron a encender las luces

Comenzó a diluirse el lodo

Y fueron cayéndose las cruces

Cuento corto: Sólo quería que sintiera lo mismo que yo.

Ya han pasado dos años desde que te conocí, y en menos de los primeros 12 meses supe quien pretendías ser ante los demás. Lastimosamente esto terminó de la peor manera, y ocurrió aquella noche cuando decidí imitarte por primera vez para ver si así nuestro amor por fin se salía de los límites que rodean las cuatro esquinas de la cama. Quisiera poder ver la cara que se te quedó esa noche que busqué la pistola que estaba dentro del armario para jugar contigo, así como tú solías hacer con todo aquel que te quiso. Seguro cuando pensé hacer lo que hice, lo hice porque se me pasaron por la cabeza todas aquellas personas que fueron víctimas de tu engaño y jamás tuvieron esa oportunidad de vengarse de ti.

 

Todo comenzó aquel verano, cuando decidimos irnos de paseo a la vieja casa de mi tío de la que siempre nos hablaba, y esta se encontraba en las afueras de la ciudad. Eran las cuatro de la madrugada, la maleta estaba lista, el carro estaba encendido y ambos montados para comenzar un viaje en el que quizás jamás imaginarías que no regresarías. Pasaron las horas y llegamos a lo que parecía ser una casa vieja y llena de desperfectos, típica de las que aparecen en las películas de terror.

 

Bajamos las maletas y al entrar la puerta hizo el sonido más aterrador que habíamos escuchado en nuestra vida. Al desempacar, metí la pistola en el armario por si acaso a algún vecino que viva cerca de la zona quería violar el límite que dividía la finca de nosotros con la de él. Pasaba la noche, y con el transcurrir de las horas, las cosas se iban poniendo más a tono.

 

Una conversación desagradable, fue la que detonó la ira, y con un tono de voz fuerte me pedías que me callara porque nadie me oiría. Al final de todo, se disiparon las discordias, o eso te hice creer. El caminar de las horas de esa madrugada, fue más que una eternidad llena de malos tratos y recuerdos que me venían como película a mí cabeza.

 

Un poco después de la madrugada, ya no aguantaba más todo el odio que tenía acumulado para con ese ser, y tomé la decisión más drástica de mi vida. Caminé un trecho largo y tendido hasta el viejo armario que tenía la ubicación de la esquina superior de la habitación. Hurgué entre la ropa hasta tocar con mis manos calientes el  frio del hierro que estaba puesto sobre aquella camisa de lino que le regalé en su cumpleaños.

 

Sin remordimiento alguno, le quité el seguro y me dirigí lentamente hacia la cama. Ahí estaba, agobiada por los maltratos que alguna vez recibí de su parte, recordando que nuestro amor jamás salió de los bordes de la cama, fui moviendo lentamente el gatillo del arma, hasta dejar salir un ensordecedor estruendo cubierto de fuego que iba directamente al pecho de aquel amor que nunca fue el toma y dame deseado.

 

Recogí la maleta, y sin dejar rastros, me fui caminando hasta la casa del vecino al que le pedí que por favor me llevase al pueblo más cercano y el accedió. Ahí compré un boleto de vuelta a la ciudad donde vivía. Por supuesto, este no tenía la menor idea de que a su lado iba sentada una asesina que acababa de cometer un crimen casi perfecto. Si, fue tan perfecto, que la policía dio conmigo meses después cuando llegaba de un viaje de trabajo e iba saliendo por las puertas de la aduana del aeropuerto en el que me encontraba.

 

– Policía: Usted está detenida

– Yo: Ok, ¿Qué vamos a hacer?

– Policía: Acompáñeme al cuarto.

 

Me llevaron esposada por un estrecho pasillo, y me encontré con la puerta que conducía a un cuarto oscuro que solo estaba iluminado por una lámpara con una luz muy tenue, la que usaban para alumbrarle la cara a todo aquel que estaba detenido dentro de ese recuadro de 2×2.

 

 

– Policía: ¿Usted mató a esta persona? Mientras se sacaba la foto del bolsillo

– Yo: Si

– Policía: ¿Qué la llevó a hacerlo?

– Yo: Bueno,sólo quería que sintiera lo mismo que yo.